Me llamo Pablo A. Barredo. Mi nombre es irrelevante aunque ya lo conozcas. No soy un héroe. Tampoco un salvador. Soy una persona normal y corriente como tú. Yo sólo soy un cuidador de Alzheimer más. Y este, es mi diario.
Diario de un Cuidador
ALZ
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20/01/2015 12:14

Como ya he mencionado en más de una instancia, la llegada del Alzheimer a nuestro hogar y convertirme en cuidador, de alguna manera, salvaron mi alma y me redimieron de muchos actos pasados que, como la mayoría, cometemos por inconsciencia, por orgullo o por falta de autoestima y de saber imponerse límites ante la vida y decir que ‘no’ cuando uno debe.

También repito mucho lo de que el Alzheimer ha sido el mayor de mis maestros y el más terrible de mis enemigos. Y así lo siento. Porque me ha enseñado lecciones magistrales sobre mi propia persona, el entorno y el mundo en el que vivimos. Porque, como a cada una de esas personas que cuidamos o de las que hemos cuidado (con el más puro y verdadero amor que pueda existir), el famoso ‘ladrón de los recuerdos’ se lleva a su vez una parte importante de quiénes somos. ¿Quiénes y cómo éramos antes de ser cuidadores? ¿Lo recordamos realmente?

Y es que, cuando un mal hace acto de presencia en tu realidad (llámalo cáncer, alzhéimer, esclerosis múltiple, o como quieras), se produce un acentuado antes y después que cambia sin poder evitarlo tu ser y tu visión de la existencia: para bien o para mal, eso depende de cada individuo.

El Alzheimer es una enfermedad amarga. Va desintegrando paulatinamente a esa persona que tanto quieres ante ti, haciéndote sentir impotente por ser incapaz de acabar con su objetivo final: el de hacerse con ese alguien que acosa, por completo. Va mermándote como cuidador tanto física como psicológicamente, exigiendo cada vez más de ti. Y, también, haciéndote consciente de muchas cosas de las que no eras antes.

Es una cruel lección de vida de mil y una tonalidades.

Aprendes amor, paciencia, constancia, entereza, humildad, compasión y a levantarte después de cada caída por mucho que estés tan extenuado que sólo puedas avanzar de rodillas. Aprendes a que cada día debe ser exprimido como el último aprovechando cada gota de ese esencia positiva que podamos extraer: cada caricia, cada palabra, cada gesto bonito, cada beso y cada ‘te quiero’ (aunque el afectado ya no nos reconozca más). Aprendes a desarrollar una fuerza, una determinación y un poder de empuje que jamás antes habías conocido. Aprendes a querer sin condición. Aprendes a caminar desde el presente, mirando hacia el pasado con nostalgia y el futuro con cierta animadversión. Aprendes lo que realmente vale la pena en la vida: quiénes son tus verdaderos amigos y aquellos familiares en los que te puedes apoyar porque serán los que no os dejarán remando a vuestra merced. Aprendes a ser bueno hasta la médula y a avanzar desde el más puro cariño y altruismo. Aprendes, sencillamente, a ser lo que debería ser una persona: luz, amor y bondad total.

Como maestros hay pocos como él. Aunque habiendo acabado la tarea, uno no pueda evitar ser engullido de nuevo por el caos del mundo, caer en ciertos antiguos patrones y olvidarse de parte de lo aprendido.

Como enemigos, tampoco. Y no hace falta que entre en detalles describiendo el porqué lo es. ¿Hace falta decirlo? Ya lo sabemos. Así que prefiramos alimentar la parte positiva.

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Pablo A. Barredo

Historias como la mía no son únicas, pues se han dado, se dan y se darán miles de veces a lo largo de la historia de la humanidad. De ahí que mi nombre sea irrelevante, aunque ya lo conozcas. No soy un héroe. Tampoco un salvador. Soy una persona normal y corriente, como tú. Una persona con virtudes y defectos. Un hombre que, a los treinta y tres años, y tras el fallecimiento de su padre, el 14 de abril de 2008, tuvo que poner su vida personal en pausa, para dedicarse a tiempo completo al cuidado de una madre a la que diagnosticaron Alzheimer al poco de haber enviudado. Un hombre que, tras cinco años de cuidado, llegó al final de su camino tras perder la batalla contra la enfermedad. Yo sólo he sido un cuidador de Alzheimer más. Ahora, soy cuidador de cuidadores. Y este, es mi diario.

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