Me llamo Pablo A. Barredo. Mi nombre es irrelevante aunque ya lo conozcas. No soy un héroe. Tampoco un salvador. Soy una persona normal y corriente como tú. Yo sólo soy un cuidador de Alzheimer más. Y este, es mi diario.
Diario de un Cuidador
CUIDAR DE LOS QUE CUIDAN
CUIDAR DE LOS QUE CUIDAN
24/02/2015 08:23

Te caes. Te levantas. Y prosigues la marcha. La vida no es fácil para nadie. Y menos lo es para aquellos dedicados por completo al cuidado de un ser querido afectado de alguna enfermedad neurodegenerativa. En este caso hablo de Alzheimer que es lo que sé; es lo que conozco; es lo que me ha cambiado la vida. Pero en sí, la tarea de cuidador sea de la enfermedad que sea cuando la persona que la padece es plenamente dependiente de aquellos que le rodean es, emocionalmente hablando, igual de dura, dolorosa y compleja.

Debemos ser conscientes de que una vez un mal como lo puede ser el Alzheimer entra en nuestros hogares, nada vuelve a ser lo mismo: muchas familias se rompen, otras se unen todavía más de lo que estaban y, por lo general, siempre acaba siendo una persona la que debe cargar plenamente con la responsabilidad de ser ese guía, ese faro, esa luz, ese referente al que sus enfermos se aferrarán. Hablo, obviamente, del cuidador principal.

El cuidador principal será el que marque los tiempos, el que tenga que tomar las decisiones de qué es lo mejor para el afectado, el que sufra más que cualquier otro miembro de su entorno y el que a la larga se convierta en la víctima principal de ese ladrón de recuerdos, cuando su ser querido haya perdido enteramente su capacidad de comunicarse con el mundo exterior.

A los cuidadores hay que cuidarlos. Debemos estar a su lado y tejer una red de apoyo real y firme para que no terminen por sucumbir por agotamiento y el estrés producido por el enorme compromiso que su tarea conlleva. Siempre se le aconseja al cuidador que se cuide. Es fácil decirlo pero muy difícil de realizar para ellos. Sin apoyos, sin ayuda, sin gente alrededor que le aporte cariño y comparta con él o ella ciertas responsabilidades, no podrá por sí mismo cuidarse como es debido. Es imposible, cuando uno o una está dedicado en cuerpo y alma y veinticuatros horas al día, al servicio de alguien que con el paso del tiempo, será más y más dependiente de él o ella.

A los que cuidan no se les debe dejar solos y abandonar como suele suceder en muchos casos a medida que la enfermedad progresa y su cometido requiere de que tengan que dar más de sí mismos para tirar del afectado. En ocasiones, las familias y los amigos se van alejando cuánto más progresa la enfermedad. Y eso, es un craso error y un acto de gran egoísmo por su parte.

No nos olvidemos ni de unos ni de otros. No permitamos que los cuidadores se sientan desprotegidos y aislados. Démosles amor. Tratemos de comprenderlos, de ponernos en su piel, de tenderles siempre una mano para no que sucumban. Y agradezcamos el gran cometido que están realizando. Estemos a su lado en todo momento. Preguntémosles cómo están y en qué podemos ayudarles. Un cuidador bien atendido resultará en que tanto él o ella como el enfermo del que cuida, tengan una mejor calidad de vida. Si no podemos salvar a los que padecen, como mínimo salvemos a aquellos que cuidan.

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Pablo A. Barredo

Historias como la mía no son únicas, pues se han dado, se dan y se darán miles de veces a lo largo de la historia de la humanidad. De ahí que mi nombre sea irrelevante, aunque ya lo conozcas. No soy un héroe. Tampoco un salvador. Soy una persona normal y corriente, como tú. Una persona con virtudes y defectos. Un hombre que, a los treinta y tres años, y tras el fallecimiento de su padre, el 14 de abril de 2008, tuvo que poner su vida personal en pausa, para dedicarse a tiempo completo al cuidado de una madre a la que diagnosticaron Alzheimer al poco de haber enviudado. Un hombre que, tras cinco años de cuidado, llegó al final de su camino tras perder la batalla contra la enfermedad. Yo sólo he sido un cuidador de Alzheimer más. Ahora, soy cuidador de cuidadores. Y este, es mi diario.

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